
Ps Pablo Elvir
Honduras Campus Pastor
La Tribú de Pedro
Pedro era rápido en actuar
Pedro no necesitaba pensar mucho: cuando sentía que algo era de Dios, lo hacía. Así de simple. Cuando Jesús lo llamó, dejó las redes al instante. Cuando Jesús lo llamó a caminar sobre el agua, se bajó de la barca. Cuando arrestaron a Jesús, sacó la espada. Cuando vio a un cojo en la puerta del templo, no dudó en decirle que se levantara.
Pero esa misma impulsividad que lo llevaba a dar pasos de fe también lo metía en problemas. A veces actuaba sin pensar. A veces hablaba sin escuchar. A veces se movía por emoción más que por dirección.
Yo entiendo eso. Yo he sido así.
Y quizá tú también.
Pedro hablaba sin filtro
De su boca salían verdades que solo el cielo podía revelar… y cinco minutos después, palabras tan fuera de lugar que Jesús tuvo que reprenderlo duramente. Pedro podía decir: “Tú eres el Cristo”, y luego decir: “¡Que nunca te pase eso, Señor!” como si supiera más que Dios.
Una vez, estando en un momento profundamente espiritual, Jesús se transfiguró delante de Pedro, y él… habló. Dijo algo que ni venía al caso: “¡Hagamos tres carpas!” Como si pudiera contener lo divino con estructuras humanas.
¿Te ha pasado? Estás en un momento serio… y metes la pata con lo que dices.
Pedro no era sabio al hablar, pero era real. Auténtico. Y Jesús no lo descartó por eso.
De hecho, creo que Jesús lo amaba precisamente porque Pedro no pretendía. Decía lo que sentía, incluso si estaba equivocado.
Pedro luchaba con miedo e inseguridad
Aunque era valiente, Pedro también tenía miedo. Se hundió al sentir el viento. Siguió a Jesús “de lejos” cuando lo arrestaron. Lo negó. Y aun después de la resurrección, todavía dudaba. Quiso saber qué pasaría con Juan, como si necesitara compararse.
Pedro también fue confrontado públicamente por Pablo, porque aún tenía miedo de lo que los demás pensarían. Pedro no era el apóstol perfecto. Tenía inseguridades. Quería agradar. Dudaba.
Pero todo eso también lo mantenía humilde. Pedro sabía que no era suficiente por sí mismo. Y eso lo hacía depender de Dios.
Pedro amaba apasionadamente a Jesús
Eso es algo que nadie puede negar. Su amor por Jesús era real, aunque imperfecto. Por amor decía cosas tontas. Por amor se metía en problemas. Pero ese mismo amor fue lo que lo quebró cuando falló… y lo que lo restauró cuando Jesús lo llamó de nuevo.
Pedro no quería fallarle. Y cuando lo hacía, lloraba amargamente.
Yo también he estado ahí.
Más adelante, cuando vemos a Pedro enfrentando situaciones difíciles, lo vemos fuerte. No porque se volvió perfecto, sino porque se volvió dependiente del Espíritu Santo.
Dios usa a los Pedros
Sí, los que son impulsivos.
Los que a veces hablan de más.
Los que se hunden en medio de la fe.
Los que dicen que nunca van a fallar… y fallan.
A los que se arrepienten de verdad.
A los que no se rinden.
A los que aprenden a depender del Espíritu Santo.
Pedro fue quebrado, pero no fue destruido. Fue procesado, pero no rechazado.
Y cuando predicó lleno del Espíritu, miles se salvaron.
El proceso de Pedro
Lo que más me impacta no es que Pedro haya cambiado de un día para otro. No fue así. Fue un proceso.
Pero él tomó decisiones: sabiendo quién era, sabiendo cómo era, decidió crecer. Por eso escribió:
“Esfuércense por añadir a su fe virtud, conocimiento, dominio propio, constancia, devoción, afecto fraternal y amor…”
Pedro no quería ser el mismo.
Y lo que antes decía sin pensar, ahora lo decía con sabiduría.
Lo que antes hacía por emoción, ahora lo hacía por dirección.